Día del Maestro · Cuento + imprimible gratis
Un día puso una crayola en su mano… y cambió su vida para siempre
Una historia para recordar a esas maestras y maestros que notan lo que nadie más ve, y una plantilla de crayola para decir “gracias” de una forma sencilla y bonita.
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Cuento para el Día del Maestro
La niña que llegaba callada
Valeria llegaba todos los días con la misma mochila azul desgastada y las agujetas de sus tenis sin atar. No porque le gustara así, sino porque nadie en casa había tenido tiempo de enseñarle a hacer el nudo.
En el salón de cuarto año, Valeria se sentaba hasta atrás, junto a la ventana, y miraba el patio como si estuviera viendo otra cosa.
No levantaba la mano. No preguntaba. Hacía sus tareas en silencio y las entregaba dobladas cuatro veces, con la esquina manchada de tinta.
Tenía ocho años y ya había aprendido a no llamar la atención.
La maestra Lupita y sus crayolas de colores
La maestra Lupita era de esas maestras que llegaban antes que todos. Acomodaba las sillas, abría las ventanas y siempre tenía sobre su escritorio una caja de crayolas de colores brillantes que a los niños les daba curiosidad, pero nadie se atrevía a tocar.
Un martes de marzo, la maestra puso una hoja en blanco sobre cada escritorio y dijo:
El salón se llenó de ruido de crayolas. Casas, perros, soles con caras. Valeria tomó la crayola azul, luego la gris, y dibujó una figura pequeña parada sola en medio de la hoja.
Sin casa. Sin sol. Sin nada alrededor.
El día que todo cambió con unas palabras que lo dijeron todo
Dos semanas después, la mamá de Valeria faltó a la junta escolar. Y a la siguiente. Y a la de después.
Un jueves en que Valeria llegó con los ojos rojos y se sentó con la cabeza agachada desde la primera hora, la maestra Lupita esperó a que los demás niños salieran al recreo.
Entonces se acercó al escritorio de Valeria, le puso la mano en el hombro con mucho cuidado y le dijo:
Nada más.
Valeria no respondió. Pero cuando sonó el timbre y salió al patio, había algo diferente en cómo cargaba la mochila.
Como si pesara un poco menos.
Lo que Valeria había esperado encontrar
Años más tarde, cuando Valeria ya era mamá y llegó el día de llevar a su hija a la escuela por primera vez, sintió algo raro en el pecho.
No era miedo.
Era esperanza.
Esperaba que hubiera alguien ahí adentro que la viera de verdad, que notara sus cosas pequeñas, que supiera cuándo poner una crayola en su mano sin que nadie se lo pidiera.
No podía escoger a la maestra de su hija. Eso no estaba en sus manos.
Pero en el fondo buscaba para su hija a la maestra Lupita, con la misma ilusión con que uno busca algo que sabe que existe, pero no sabe dónde está.
Un día, parada frente a la puerta del salón esperando a que saliera su hija, se detuvo.
Adentro todavía había niños recogiendo sus cosas y la maestra pasaba entre las filas despacio, sin apurar a nadie.
A uno le amarraba la mochila. A otro le decía algo al oído que lo hacía sonreír.
A una niña que estaba parada sola junto a su silla, la maestra se agachó a su nivel, le dijo algo con calma y le dio una palmadita en la espalda antes de seguir.
Todo sin alzar la voz. Todo como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Sobre su escritorio había una caja de crayolas de colores brillantes.
Su hija tenía a su propia maestra Lupita. Y eso significaba que, si algún día llegaba callada, con los ojos rojos y la cabeza agachada, no estaría sola.
Había alguien ahí adentro que lo iba a notar.
Eso era todo lo que había esperado encontrar.
Las gracias que nunca llegaron a tiempo
Valeria nunca le dijo gracias a la maestra Lupita. No en ese momento, cuando más importaba.
Y eso es algo que vive en algún lugar pequeño del pecho, sin doler mucho, pero sin irse del todo.
Porque los maestros así son los que más merecen un “gracias” y los que menos lo reciben.
Están tan ocupados dando que no siempre hay alguien al otro lado que diga:
Lo que hiciste importó.”
Y quizá por eso hay gracias que se quedan esperando durante años.
No porque no existieran…
sino porque nunca encontraron el momento correcto para salir.
Para la maestra Lupita de tu hijo
Si en este Día del Maestro hay alguien que dejó huella, que puso una crayola en la mano de tu hijo cuando más lo necesitaba, que dijo las palabras justas en el momento correcto… este cuento es para ella. Para él.
Si quieres darle las gracias a un maestro o maestra de una forma bonita, fácil y hecha con cariño, en Hazlo con Brillitos hicimos una plantilla crayola para el Día del Maestro pensando exactamente en esto.
Para todas las maestras Lupitas que existen y que merecen recibir su “gracias” a tiempo.
✂️ Solo imprimes, recortas y le pones un post-it, una libretita o unos caramelos.
💛 Porque a veces las gracias más grandes caben en las cosas más chiquitas.
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Cada maestro que marcó tu vida merece que alguien lo nombre hoy.
